El Arte de Escuchar Música: ¿Olvidar el mundo o volar con él?
A menudo cuando me preguntan cómo se debe escuchar música, pienso que es una pregunta que parece sencilla pero que encierra una complejidad abrumadora. ¿Por qué? Porque la música es un espejo cambiante, es decir, la música significa cosas diferentes para cada persona, e incluso para una misma persona, su valor y significado muta dependiendo del momento de su vida.
Sin embargo, tras escuchar las reflexiones del maestro Daniel Barenboim, hay una verdad que resuena con claridad: ante la música tenemos dos caminos. Podemos usarla como un analgésico para olvidar, o podemos usarla como un vehículo para nuestro crecimiento, nuestra fascinación y nuestro disfrute profundo.
El refugio del olvido.
Todos conocemos el primer camino. Es el que tomamos cuando llegamos a casa exhaustos. Quizás tuvimos un día terrible y lleno de problemas burocráticos, una visita dolorosa al dentista, desacuerdos familiares o simplemente el peso de la rutina. En ese momento, ponemos un disco o buscamos una lista de reproducción digital y encontramos esa canción o pieza musical hermosa que nos hace olvidar el mundo por un instante, llevándose con él, el estrés y los afanes del día.
Usar la música para olvidar los problemas no tiene nada de malo; es un bálsamo necesario. Pero ¿es eso todo? Si nos detenemos a pensar en los grandes compositores —en Beethoven, en Verdi, en Wagner o Boulez—, es difícil creer que escribieran obras de tal magnitud simplemente para ayudarnos a ignorar un mal día. La música es mucho más que una herramienta de evasión.
La paradoja de la emoción: Sonreír y llorar al mismo tiempo.
La pregunta real es ¿Qué puede darnos la música si nos atrevemos a ir más allá del olvido?
La respuesta es un tipo de disfrute que no existe en ninguna otra experiencia humana. La música tiene una cualidad casi mágica: es capaz de contenerlo todo simultáneamente. Como bien señala Barenboim, la música nunca ríe y nunca llora por separado; siempre hace ambas cosas al mismo tiempo.
Esto explica por qué disfrutamos incluso de las obras más trágicas. Un músico puede terminar de tocar una Marcha Fúnebre y exclamar: “¡Cuánto he disfrutado tocando hoy!”. Puede sonar macabro, pero no lo es. Es la capacidad de la música de permitirnos experimentar emociones complejas a través del sonido, emociones que somos incapaces de procesar solo con palabras.
El secreto: La entrega total.
Para acceder a este nivel de experiencia, no necesitas ser un experto en el Barroco o en la música contemporánea. No necesitas un título académico. Lo que necesitas es algo más valioso: la voluntad de entregarte.
El secreto reside en la concentración absoluta. No se trata solo de pensar “debo apagar el móvil para escuchar”. La inmersión debe ser tal que tu pensamiento sea: “cuando termine la música, debo recordar encenderlo”. El mundo exterior debe dejar de existir no por evasión, sino por sustitución.
El ritual es sagrado pero sencillo:
- El Silencio: Tómate unos segundos de silencio antes de empezar. Limpia tu mente.
- El Vuelo: Cuando suene la primera nota, aférrate a ella. No dejes que tu mente vague hacia la lista de la compra, tu pareja o los platos sucios.
- El Viaje: Vuela con la música desde la primera nota hasta la última.
Si logras esto, la cantidad de placer que obtendrás es única. Es un acto de entrega similar al que se tiene con otro ser humano. Y al igual que con las personas, descubrirás que tienes más afinidad con ciertos “interlocutores”: quizás te enamores de la intimidad de la música de cámara, de la grandiosidad de la sinfonía o de la soledad del piano.
En conclusión, no importa el género sino la intensidad de tu escucha. Cuanto más te entregues al sonido, más recibirás de él. La música no está ahí solo para tapar el silencio o los problemas; está ahí para enseñarnos a sentir la totalidad de la vida.
Te invitamos a ver la reflexión original de Daniel Barenboim en el siguiente video. Sus palabras son una clase magistral no solo de música, sino de vida.
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